(...)La literatura es, en verdad, la manifestación de ese malestar, de esa insatisfacción expresada de tantas maneras como escritores existen; pero también es, sobre todo, la expresión más maravillosa que yo conozco del deseo de una posibilidad mejor. Para mí, escribir es la búsqueda de esa posibilidad.
Una búsqueda, sin duda. Y, a veces, hasta feroz. Algo parecido a una incesante persecución de la presa más huidiza: uno mismo. Esta búsqueda del reducto interior, esta desesperada esperanza de un remoto reencuentro con nuestro “yo” más íntimo, no es sino el intento de ir más allá de la propia vida, de estar en las otras vidas, el patético deseo de llegar a comprender no solamente la palabra “semejante”, que ya es una tarea realmente ardua, sino entender la palabra “otro”. Es el camino que un escritor recorre, libro tras libro, página tras página, desde lo más íntimo a lo más común y universal. Sólo así lo personal se vuelve lícito.
Un verso de Luis Cernuda dice: “Creo en mí porque algún día seré todas las cosas que amo”. Escribir también es creer en uno mismo, para poder creer en tantas cosas, y descubrir tantas cosas, que están ahí, aunque no se vean. Cosas buenas, o bellas, o simplemente ciertas. Hay que creer en uno mismo, y así en los otros, para que la oscuridad se encienda. Ésta es una de las razones que me impulsan a escribir, a adentrarme en el bosque de las palabras, tratando de revelar la belleza de todo lo que hay en él, de todo lo fantástico y mágico que no vemos, pero que es necesario descubrir.
Escribir es un descubrimiento diario a través de la palabra, y la palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos. La palabra es lo que nos salva. Pero no la poseemos sin más, para utilizarla como un instrumento; si la tenemos es porque la consagramos a la búsqueda sin fin de una palabra distinta, no común, laboriosa y exaltadamente perseguida, pero que tan simple, tan sencilla resulta cuando la hemos hallado. Como la reconstrucción del instante en que alguien lloró por primera vez: un momento doloroso y difícil. Qué extraño e insólito, qué asombroso parece, y también, qué sencillo y verdadero.
Porque todos y cada uno de nosotros llevamos dentro una palabra, una palabra extraordinaria que todavía no hemos logrado pronunciar. Escribir es para mí la persecución de esa palabra mágica, de la palabra que nos ayude a alcanzar la plenitud; ella es la cifra de mi anhelo: que esa palabra pueda llegar a alguien que la reciba como recibiría el viento un velero en calma sorda y desolada, una palabra que acaso le conduzca hacia la playa, una playa que a veces puede llamarse infancia desaparecida, que puede llamarse vida, o futuro, o recuerdo. Que puede llamarse “tu” o “yo”.
O quizás se trate de una palabra que todos olvidamos siempre, apenas la descubrimos. Seguimos buscando, todos nosotros, aquella palabra especial, aquella palabra donde parece residir el sentido total de la vida, y que sin embargo estaba ahí, o estará ahí, en adelante, para que alguien la recoja. Esa palabra que no sabíamos pronunciar ni habíamos oído nunca, o que habíamos oído y perdido, en otro tiempo y otro lugar. Como aquella que inútilmente perseguía y quería formar con pedazos de hielo el pequeño Kay del cuento de Andersen. Era una palabra simple, pero inaprensible, como el tiempo. Por fin, tras su largo viaje de búsqueda, la pequeña Gerda la restituyó a su lugar, como restituyó a su lugar el corazón de Kay. El amor se parecía a aquella palabra, pero no se llamaba amor. Tal vez sea cierta la sospecha de que en todo escritor yace el recuerdo insobornable de una inocencia no del todo perdida, de una brizna de locura saludable y de unas insospechadas reservas de amor.
La palabra hermano, la palabra miedo, la palabra amor, son palabras muy simples, pero llevan el mundo dentro de sí. No siempre es fácil, ni sencillo, descubrirlo. Hay que intentar alcanzar el oculto resplandor de esas palabras, de todas las palabras, o de una sola que todavía nadie oyó nunca pronunciar. Toda mi vida ha sido una constante búsqueda de esa palabra capaz de iluminar con su luz el país de las maravillas que tanto nuestro mundo como, sobre todo, nuestro lenguaje albergan, y que no siempre nosotros sabemos indagar. Porque las palabras —lo diré, para terminar, con los versos que cierran el poema de Alicia—:
Invaden un País de Maravillas:
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Es como ir por un caudal corriendo,
Ligero y tan fugaz como un destello...
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