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Archivo: Noviembre 2007

conocerte es el relámpago... (salinas)

manolillak 28/11/2007 @ 01:38

(Y Te conocí en la tormenta.
Te conocí, repentina,
en ese desgarramiento
brutal de tiniebla y luz, )

y me escribiste diciendo que habias estado un poco íntimo, cuando yo ya te habia confesado mucho antes de todo, que yo estaba timida. Y hoy hemos caido en la cuenta una amiga y yo, que de tu estar intimo, a mi estar timida, nos separan dos letras desordenadas. Que no te intimide mi timidez, que no me intimide tu intimidad.INTIMO-TIMIDO-INTIMIDAR. Yo solo sé que hoy de tu recuerdo, aún no lejano, me queda un recuerdo de tu luz, del haz tibio de tu presencia breve. De un sentimiento calido apuntando al corazón. Y asi descubierta, ni siquiera me pude ocultar en el calor de la pasión. Escondí mi frente detras de tu hombro y seguimos caminando. Una frente en tu hombro, una frente en tu beso. Desconocidos y azarosos paseamos el asombro del encuentro, la dicha de la incerteza y el abrazo de nuestras manos.

Ana Maria Matute. En el Bosque.

manolillak 13/11/2007 @ 13:15

(...)La literatura es, en verdad, la manifestación de ese malestar, de esa insatisfacción expresada de tantas maneras como escritores existen; pero también es, sobre todo, la expresión más maravillosa que yo conozco del deseo de una posibilidad mejor. Para mí, escribir es la búsqueda de esa posibilidad.

Una búsqueda, sin duda. Y, a veces, hasta feroz. Algo parecido a una incesante persecución de la presa más huidiza: uno mismo. Esta búsqueda del reducto interior, esta desesperada esperanza de un remoto reencuentro con nuestro “yo” más íntimo, no es sino el intento de ir más allá de la propia vida, de estar en las otras vidas, el patético deseo de llegar a comprender no solamente la palabra “semejante”, que ya es una tarea realmente ardua, sino entender la palabra “otro”. Es el camino que un escritor recorre, libro tras libro, página tras página, desde lo más íntimo a lo más común y universal. Sólo así lo personal se vuelve lícito.

Un verso de Luis Cernuda dice: “Creo en mí porque algún día seré todas las cosas que amo”. Escribir también es creer en uno mismo, para poder creer en tantas cosas, y descubrir tantas cosas, que están ahí, aunque no se vean. Cosas buenas, o bellas, o simplemente ciertas. Hay que creer en uno mismo, y así en los otros, para que la oscuridad se encienda. Ésta es una de las razones que me impulsan a escribir, a adentrarme en el bosque de las palabras, tratando de revelar la belleza de todo lo que hay en él, de todo lo fantástico y mágico que no vemos, pero que es necesario descubrir.

Escribir es un descubrimiento diario a través de la palabra, y la palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos. La palabra es lo que nos salva. Pero no la poseemos sin más, para utilizarla como un instrumento; si la tenemos es porque la consagramos a la búsqueda sin fin de una palabra distinta, no común, laboriosa y exaltadamente perseguida, pero que tan simple, tan sencilla resulta cuando la hemos hallado. Como la reconstrucción del instante en que alguien lloró por primera vez: un momento doloroso y difícil. Qué extraño e insólito, qué asombroso parece, y también, qué sencillo y verdadero.

Porque todos y cada uno de nosotros llevamos dentro una palabra, una palabra extraordinaria que todavía no hemos logrado pronunciar. Escribir es para mí la persecución de esa palabra mágica, de la palabra que nos ayude a alcanzar la plenitud; ella es la cifra de mi anhelo: que esa palabra pueda llegar a alguien que la reciba como recibiría el viento un velero en calma sorda y desolada, una palabra que acaso le conduzca hacia la playa, una playa que a veces puede llamarse infancia desaparecida, que puede llamarse vida, o futuro, o recuerdo. Que puede llamarse “tu” o “yo”.

O quizás se trate de una palabra que todos olvidamos siempre, apenas la descubrimos. Seguimos buscando, todos nosotros, aquella palabra especial, aquella palabra donde parece residir el sentido total de la vida, y que sin embargo estaba ahí, o estará ahí, en adelante, para que alguien la recoja. Esa palabra que no sabíamos pronunciar ni habíamos oído nunca, o que habíamos oído y perdido, en otro tiempo y otro lugar. Como aquella que inútilmente perseguía y quería formar con pedazos de hielo el pequeño Kay del cuento de Andersen. Era una palabra simple, pero inaprensible, como el tiempo. Por fin, tras su largo viaje de búsqueda, la pequeña Gerda la restituyó a su lugar, como restituyó a su lugar el corazón de Kay. El amor se parecía a aquella palabra, pero no se llamaba amor. Tal vez sea cierta la sospecha de que en todo escritor yace el recuerdo insobornable de una inocencia no del todo perdida, de una brizna de locura saludable y de unas insospechadas reservas de amor.

La palabra hermano, la palabra miedo, la palabra amor, son palabras muy simples, pero llevan el mundo dentro de sí. No siempre es fácil, ni sencillo, descubrirlo. Hay que intentar alcanzar el oculto resplandor de esas palabras, de todas las palabras, o de una sola que todavía nadie oyó nunca pronunciar. Toda mi vida ha sido una constante búsqueda de esa palabra capaz de iluminar con su luz el país de las maravillas que tanto nuestro mundo como, sobre todo, nuestro lenguaje albergan, y que no siempre nosotros sabemos indagar. Porque las palabras —lo diré, para terminar, con los versos que cierran el poema de Alicia—:

Invaden un País de Maravillas:
...
Es como ir por un caudal corriendo,
Ligero y tan fugaz como un destello...

...

Pier Paolo Pasolini

manolillak 12/11/2007 @ 00:45

Es imposible decir qué clase de grito es el mío: aunque sin duda un grito terrible -a tal punto que me desfigura los rasgos volviéndolos parecidos a las fauces de una fiera-, pero también, de un cierto modo, alegre al extremo de convertirme en un niño. Es un grito que invoca la atención de alguien o su ayuda; pero acaso también lo maldice. Es un aullido que quiere hacer saber, en este lugar deshabitado, que existo, o bien no sólo que existo, sino también que sé. Es un grito en el cual, en el fondo de la angustia se siente un vil acento de esperanza; o también un grito de certeza, totalmente absurda, dentro de la cual, resuena, pura, la desesperación. De todos modos, esto es cierto: sea lo que fuere que mi grito signifique, está destinado a perdurar más allá de todo fin posible.

Confianza (P.Salinas)

manolillak 02/11/2007 @ 16:32

Mientras haya
alguna ventana abierta,
ojos que vuelven del sueño,
otra mañana que empieza.

Mar con olas trajineras
-mientras haya-
trajinantes de alegrías,
llevándolas y trayéndolas.

Lino para la hilandera,
árboles que se aventuren,
-mientras haya-
y viento para la vela.

Jazmín, clavel, azucena,
donde están, y donde no
en los nombres que los mientan.

Mientras haya
sombras que la sombra niegan,
pruebas de luz, de que es luz
todo el mundo, menos ellas.

Agua como se la quiera
-mientras haya-
voluble por el arroyo,
fidelísima en la alberca.

Tanta fronda en la sauceda,
tanto pájaro en las ramas
-mientras haya-
tanto canto en la oropéndola.

Un mediodía que acepta
serenamente su sino
que la tarde le revela.

Mientras haya
quien entienda la hoja seca,
falsa elegía, preludio
distante a la primavera.

Colores que a sus ausencias
-mientras haya-
siguiendo a la luz se marchan
y siguiéndola regresan.

Diosas que pasan ligeras
pero se dejan un alma
-mientras haya-
señalada con sus huellas.

Memoria que le convenza
a esta tarde que se muere
de que nunca estará muerta.

Mientras haya
trasluces en la tiniebla,
claridades en secreto,
noches que lo son apenas.

Susurros de estrella a estrella
-mientras haya-
Casiopea que pregunta
y Cisne que la contesta.

Tantas palabras que esperan,
invenciones, clareando
-mientras haya-
amanecer de poema.

Mientras haya
lo que hubo ayer, lo que hay hoy,
lo que venga