Es imposible decir qué clase de grito es el mío: aunque sin duda un grito terrible -a tal punto que me desfigura los rasgos volviéndolos parecidos a las fauces de una fiera-, pero también, de un cierto modo, alegre al extremo de convertirme en un niño. Es un grito que invoca la atención de alguien o su ayuda; pero acaso también lo maldice. Es un aullido que quiere hacer saber, en este lugar deshabitado, que existo, o bien no sólo que existo, sino también que sé. Es un grito en el cual, en el fondo de la angustia se siente un vil acento de esperanza; o también un grito de certeza, totalmente absurda, dentro de la cual, resuena, pura, la desesperación. De todos modos, esto es cierto: sea lo que fuere que mi grito signifique, está destinado a perdurar más allá de todo fin posible.

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